28.5.12

Marginación

En alguna pared, de alguna calle que no tengo la suerte de recordar se explicó que el marrón no había presenciado momentos importantes durante su vida afuera, en el viento y en el aire. Se mostró al marrón cagado como un color común que se ve todos los días. Ahí va el marrón, yendo al colegio: volviendo cansado (los destellos son rojos), pagando unas moneditas: viajando en bondi para llegar a casa y mear y otra vez verde. Cualquiera diría entonces que el marrón es un color aburrido y obtuso. Un color que no enfrenta las situaciones de esta vida. Un marrón cagón (hablemos de mierda marrón, excremento, heces) que no puede gritarle a la profesora burra porque dice que dos más dos es cuatro y es así porque sí. Lo que no se explicó entonces es que cuando el marrón se hace verde generalmente se la pasa escupiendo agua. El verde se la pasa escupiendo y a ese agua le llamaron lágrima. Los verdes, bailarines expertos en la oscuridad; entre el sueño y la vigilia o peleando por un segundo en un taxi que los mueva un poco en esta vida. Los destellos negros del verde son una ventana inútil, una falsa tregua para creerse todo y dormir pensando que olvidan lo que olvidaron y reprimieron. Y para los verdes, cuando esa lágrima cae, ella, roja la sabe dulce y esos puntitos blancos corriendo a través del rojo también la saben dulce. Lo que los verdes aún no saben es que esa lagrima se encargó de que al fin se hundan en la otra falsa tregua: asumir que son verdes y que fueron marrones, que están llorando y poder al fin cerrarse.


Verde.

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