No entiendo porqué termino todos los jueves en esta estación. El sol en mi sien yo prefiero cederle el lugar, ahí al lado, a esa señora vieja. Casi puedo escuchar las blasfemias interminables a dichos colectiveros que no parecen llegar nunca a la estación de Ramos. A esta hora solo queda la sombra de unos tantos, lejos escucho un viejo que fuma y silba un tango que no entiendo y tampoco importa. Puchos, cigarrillos, faso. Elijo ir a comprar unos al kiosco en frente. Malboro común. Muchas gracias.
Cuando regresé al lugar al que yo ya estaba habituado, esa gran fila de elefantes, me percaté de una nueva señora al lado de la anterior a la cuál yo le había regalado aquél espacio chiquitito del paraíso El semblante de la nueva persona, era un adelanto del semblante precedente ahora un poco más grisáceo al recibir la sombra que ella buscaba pero nunca agradeció Al costado de ambas señoras me percate de los parpados cansados de aquel muchacho. Sus ojos azules acompañaban una nariz deprimida y un reloj negro que colgaba como hormiga, del brazo cansado del muchacho.
Un remisero pasaba a lo loco justo antes de que lleguen los colectivos. Los insultos cesaron y dejé que las pobres se adelanten en la fila con el muchacho de los párpados. Dos de 1,50, mientras la otra miraba los parpados y se olvidaba de que tenía que pasar hacia atrás, hacia donde quizás un asiento había sido cedido y un elefante amable no temía por sus piernas durante el viaje. Cuándo llego el turno del muchacho lo noté como ido, bah más que nada perdido y avergonzado. Intentó arrojar unas palabras al colectivero. No pudo. Cuando decidía irse, con un poco de lastima le pregunté a donde iba. Esparciendo una baba lenta y espesa me dijo la dirección El colectivero, que ahora parecía un poco más apurado, escuchó y no tardo en apretar 1,10 en el tablero de dirección.
El muchacho caminaba hacia los asientos. Su andar tenía lo enigmático de los duendes y lo patético de los ebrios, varios ojos se escrutaron en sus piernas cortas. Vahído chocaba varias veces, con las extremidades de los elefantes. Grises ellos, ya amontonados en ese colectivo demasiado chico y demasiado grande para ellos.
Fue cuando escuché el primer grito. Fue lo único que escuche. Sus dientes ahora se clavaban rojos en el cuello de uno. Nadie hizo nada. Quiero decir, cada elefante parecía haberse ido a otro lugar, un lugar sin gritos, sin sangre bailando en el piso. Cada elefante permanecía callado. Y no lo entienden, pero el muchacho va a avanzando y se los va comiendo a todos. El muchacho tiene sed de sangre y de gritos. Y el colectivero ya no me mira. Ciegamente, el muchacho se innundaba en su éxtasis rojo de dientes y carne que viene y va. Gritos. Unos minutos y todos esos huesos limpios, tirados en el piso y me vi a mí en el espejo. Sus piernas cortas se acercaban hacia mí, yo ya no gritaba. Y ahí va y se esta terminando el cuento, ahí va y sus pasos son cortos, está subiendo, ahí va y lo siento tan cerca de mi cuello que al fin se destroza y se pierde entre los huesos.
El muchacho cansado se acerca al colectivero y después de guiñarle el ojo se baja en la estación de haedo. La gente que entra luego se acomoda entre los huesitos.
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